Una buena aventura suele tener como ingrediente un barco. Conquistadores y piratas han dado infinitos testimonios de ello. Y si el barco tiene resemblanzas de arca de Noé y mercado popular flotante, y además debe navegar un ancho río, en este caso el Río Paraguay casi 500 kms, el sabor de la aventura se intensifica. Ya que no se trata del desnudo horizonte del mar, sino de costas visibles todo el tiempo, con riveras cuyas fachadas de vegetación cambiante, puertos
somnolientos apenas esbozados, comunidades indígenas que dejan entrever lo que alguna vez fue vivir en el paraíso. Un halo de misterio las envuelve y el navegante no deja de preguntarse por lo que hay más allá de lo que está viendo. El fin del recorrido es el puerto de Bahía Negra, ya que hasta sus costas llega el Río Negro, con su agua teñida de oscuridad palpitante y por donde se accede al Gran Pantanal, una zona de riquísima biodiversidad.