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Categoría :
Muestras
Floralia o la frescura de la desnudez Autor: Joan Puigdemont Lugar:
La Carbonería, Levíes, 18 Horario:
Inauguración: sábado 1 a las 20:30 hs Ciudad:
Sevilla • Pais :
España Inicio:
01/03/08 • Fin:
26/03/08
Floralia II - Sobre papel baritado - 30 x 30 cm.
Espléndida colección la de estas instantáneas de Joan Puigdemont (Castellfollit de la Roca, 1967), serie fotográfica, sobre papel baritado, en formato 30 x 30, y que el artista ha dado en llamar Floralia. Se trata, pues, de una destacada colección de metáforas visuales, que aparecen estrechamente ligadas a un sosegado por inquietante esfuerzo estético: el desnudo en sus múltiples expresiones. Desde estos ensayos de luz se nos invita abiertamente a que hagamos una lectura lenta y entretenida; lectura, por otra parte, que, con frecuencia, nos facilita un acercamiento a lugares no siempre del todo explorados.
Joan Puigdemont cultiva, con esmerada insistencia, junto a la obra de la luz, que es la sensualidad de la fotografía, la obra del desnudo, acaso el empeño más acabado del fotógrafo. En esta operación de foto/dibujar, de dibujar por mediación de la cámara fotográfica: el primer recurso del que se dispone es el instante decisivo, el término último la luz, y, dentro de la luz, el esplendor del dibujo fotográfico. No sé si el acontecimiento de ver puede ir más lejos, pero los ojos prosiguen su tarea cuando la mirada se detiene.
En todo registro fotográfico: ver es el modo en que los ojos meditan sobre el instante decisivo, el trazo de luz y el libre juego del tema. Insisten, las fotos de Joan Puigdemont, en mostrarnos que la luz posee su propio dominio, no sólo que ella sea conducida por quien osa usar la cámara, sino que ésta es conducida por aquélla. Estas escenas de luz tienen a bien acercarnos a una poética visual, en tanto señalan lo que merece la pena ser visto: el ojo recorta el tema y la cámara no tiene más que hacer su trabajo, que consiste en registrar la decisión del ojo.
La voluntad de atrapar el instante, el registro vertiginoso de la luz, el cuidadoso esmero del oficio, la autenticidad de las emociones visuales, son algunos de los rasgos que reposan, como quien no quiere la cosa, en cada una de estas instantáneas. Es de este modo que parece se va haciendo toda fotografía: de un lado, entre insistencias y azares, en dar y tomar las luces, en encuadrar los planos; de otro, en ir registrando todo instante en paralelo, en ponerse la atención visual en consonancia, así transcurre esa ejecución de sentido cuya elaboración como arte es la tarea fotográfica.
Hay ocasiones en que, en el momento mismo de alzar la cámara, la mano sufre la necesidad irrefrenable de desbordarse, provocando desatinos que sorprenden nuestros ojos. Esto sucede en las fotos de Joan Puigdemont. Fíjense en el hilo conductor, puesto en paralelo, entre fotografiar y dibujar… ¿Acaso el temblor de la mano, la manera de decidir, de ver las fluctuaciones no dicen la fuerza de la emoción? Porque el desnudo puede ser cálido y suave, bronco y sombrío, osado y tímido, alegre y áspero, taimado e insinuador, firme y rigoroso; y de otros muchos modos con los cuales, expresivamente, se nos va dando cuenta de las diversas mañas de hacer sentir el ánimo, incluso el pensamiento, que late tras el ojo, que conduce la cámara.
El tema, la composición, la técnica nos remite a un mundo que no es el de la experiencia fotográfica, sino el que la propia foto se ha encargado de decidir. Estas escenas de luz suscitan, alrededor del desnudo que desarrollan, algunas cuestiones tocantes a fotografía y Modernidad. Nadie espera acaso la ternura que le deparan estas piezas, suaves y ásperas, a pesar de la consonancia de las luces y la acabada combinatoria de la composición: masas, luces y sombras. En ellas, se van entretejiendo, sin esfuerzo aparente, atinadas consideraciones acerca del movimiento, el cuerpo, la hermosura, el desnudo y la fotografía contemporáneas.
De entre estos papeles baritados, el desnudo, surge a partir de una serie de intermediaciones que van de la observación al registro de lo observado, de la insistencia de ver a su difuminada persistencia en la retina, y de esta frágil visualidad a la concreción de lo fotografiado. El desnudo, anunciador de la materia, hace decir, a quien gustosamente mira, que aquello que está viendo, al fin y al cabo, no es más que dibujo, aunque dibujo hecho de luz. En estos ensayos sobre papel −en los que Puigdemont, recurre a la emulsión del gelatino-bromuro sobre un papel baritado, con un alto porcentaje de algodón, para que el positivado sea más blanquecino y proporcione así mayor calidad−, se cuestionan el orden del dibujar y el orden del dibujo en que se fundan las nociones de trazo y línea. Aquí se dibuja en blanco y negro; pero, también, en texturas de luz.
Hay, por último, en esta apuesta por foto/dibujar, por recuperar la frescura de ver, por encontrar la destreza misma del instante, trazas de buena hechura por unidad de línea y de concepto. Hay foto/dibujos, entre estos papeles, que tocan físicamente la sensualidad de los ojos: la erótica de la línea y de la luz. Hay foto/dibujos, entre estas veintiuna piezas que ahora se exhiben, que muestran estar en continuidad con la mejor tradición moderna. Hay trazos −en seriada sucesión− que obligan a los ojos a ver, a seguir con viveza la fuerza seductora de la luz, que es tratada en tanto que límite de la forma, de la figura y su sombra, del volumen.
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